jueves, 16 de julio de 2009

Editorial 09

Reflexión

Uno de los temas de actualidad es el diálogo.
Analizarlo es transitar un camino espinoso, por lo que, es casi seguro, que quien lo emprenda saldrá lesionado o por lo menos tendrá muchas probabilidades de que ello ocurra.

Un primer acercamiento al análisis de este tema lo tenemos al compartir lo expresado por el sacerdote católico romano Anthony De Mello, un hombre abocado al sentido y profundidad de la espiritualidad.

Dice que “la gente habla con entusiasmos del valor del diálogo” pero que aparece como “un intento camuflado de convencer al otro de la rectitud de su propia postura”

Pone como ejemplo el cuento de las ranas quienes, estando en su charco, se ponen a dialogar en términos de lo mío y de lo tuyo, “tus experiencias, tus creencias, tus ideologías… y las mías”
De esa forma continúan divididas.
Cada parte quiere someter a la otra a sus propias convicciones.

Si el otro o la otra no aceptan nuestras propuestas, decimos que no está dispuesto a dialogar. Y viceversa.

De Mello va un poco más allá.
Menciona que esa conversación de las ranas se da en el recinto de sus charcas.
No conocen o no aceptan otra realidad.
Parecieran aplicar aquella teoría, podríamos decir “conductista”, de Einstein: “Si partimos del mismo punto y aplicamos la misma metodología, llegaremos siempre al mismo fin”.

Las ranas del cuento no saben de la existencia de los mares y, según De Mello:
“Sólo el océano ilimitado une”.
Para alcanzar esa otra realidad, deben dejar de lado los hábitos que las retienen en sus propios charcos en la seguridad de lo conocido…
Y aún con temor, ir hacia algo nuevo, que por ser nuevo, es desconocido…

Nosotros los seres humanos también debemos dejar nuestras propias charcas, para compartir océanos.

Los cambios de hábitos no se producen por milagros extranaturales.
Se logran a través de un proceso de aprendizaje.
Para ello hay que emprender la marcha siguiendo aquello escrito por Machado y cantado por Serrat: “Se hace camino al andar”… entendiendo que lo importante no está en el logro de llegar a la meta, sino en transitar el sendero, recogiendo los frutos durante el trayecto: “Lo importante no es llegar sino seguir”.

Dialogar es introducirse, sin miedo a los retos, en la búsqueda de la verdad.
No es alcanzar la paz ficticia, sino el poder seguir “andando” juntos en pro del bienestar general reconociendo las diferencias.

Por y para ello se necesita ejercer la disposición de la apertura plena, sin resistencia.

Para transitar sobre esa variante existencial, hay que mirar hacia nuestro interior.
Preguntarse por las causas de nuestras reacciones negativas frente a las personas y a determinadas situaciones.
Descubrir los prejuicios.
Los deseos escondidos.
Los miedos.
Los egoísmos.
Reconocer que la voluntad de ejercer el poder, es una gran dificultad para el diálogo.

Hay que aprender a pensar y mejorar el lenguaje de la comunicación.
Si el otro reconsideró su posición y aceptó la mía, no tengo que pensar que gané.
Menos decir que el otro retrocedió.
Simplemente entender que se llegó a un acuerdo de convivencia mutua.

La otra persona no debe ser vista como un enemigo.
Una actitud muy metida en nuestra interioridad.
Se nos programó para desconfiar.

Tiene razón De Mello.
Se necesita “Un corazón capaz de renunciar a su propia programación y a su egoísmo”

Dejar de ver a los demás etiquetados por nuestros prejuicios y verlos simplemente como personas. Como iguales.

En la Biblia, en la carta a los Efesios, en el capítulo dos,
se analiza la muerte de Jesús en relación con las diferencias entre el pueblo judío y los gentiles.
Frente a esa separación el autor dice que en Cristo se crea un solo pueblo.
“Un nuevo hombre”.
Enfatiza “matando en ella –en la Cruz- las enemistades”

El otro, la otra, ya no es un enemigo.
Es el prójimo que Dios coloca a nuestro lado para nuestro beneficio.

Es cierto que, en más de una ocasión, cuesta aceptar que el otro es prójimo, que no es un enemigo.

Hay que preguntarse si eso es verdad o es el mero fruto de cómo fuimos programados.


Desde la perspectiva de la muerte y resurrección de Cristo,
ya estamos reconciliados, como afirma el Apóstol Pablo en la segunda carta a los Corintios.

El problema no es reconciliarse.
El problema es vivir como reconciliados.

Esto es lo nuevo.

Hay que aprender a vivir, o mejor dicho, a convivir que quiere decir vivir con otros.
Un asunto complicado, especialmente por el programa de vida instalado en nuestro interior que nos induce a ver al otro y/o la otra como enemigo y a valorizar sólo lo mío.

Todo aprendizaje cuesta.
Todo sendero tiene escollos pero vale la pena transitar el camino. Siempre
El aprendizaje de la convivencia no se puede hacer solo.
Hay que hacerlo en compañía.
Dialogando…
Pensando…
Por eso te propongo que...
¡Pensemos juntos la vida!


Aníbal Sicardi
Correcines de Rubén Ash
Julio 16 de 2009.
Bahía Blanca.

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